Volver a empezar: al menos 100 argentinos por día se van del país

Son datos oficiales de Migraciones. En 2021, más de 26 mil argentinos declararon irse por “mudanza”. Pero podrían ser muchos más si se suman los 130.000 que se fueron por “trabajo” o “estudio”. Inestabilidad económica, inseguridad y falta de futuro, entre las principales causas.

 

Se van del país 100 personas por día. Cada 24 horas, Ezeiza se llena de familiares que despiden a un ser querido que busca en otro lado una vida distinta a la que puede ofrecer la Argentina. En los primeros nueve meses de 2021, más de 26.000 ciudadanos tomaron otros rumbos según datos oficiales de la Dirección Nacional de Migraciones a los que accedió Clarín.

Las cifras indican que entre el 1° de enero y el 29 de septiembre cruzaron la frontera hacia el exterior 653.631 personas. De ese total, el 57% declaró que lo hizo por «turismo», el 18% porque tiene residencia en el exterior, otro 18% adujo razones laborales, un 4% dijo que lo hizo por «mudanza» y un 3% por estudio.

El 4% del ítem «mudanza» son los que oficialmente se fueron a vivir a otro país. Son 26.145 personas, que equivalen a 96 cada 24 horas si se los divide por los 272 días de 2021 hasta el 29 de septiembre. Pero se estima que la cifra real de los que emigraron es mayor.

«Es casi seguro que un porcentaje de los que se trasladaron por trabajo y estudio lo hayan hecho para instalarse en el nuevo destino y no volver. Es sentido común dada la situación económica y social por la que atraviesa Argentina», afirma Lelio Mármora, director del Instituto de Políticas Migratorias y Asilo (IPMA) y titular de la Maestría en Políticas y Gestión de Migraciones Internacionales de la Universidad  de Tres de Febrero

El 18% que declaró irse por razones laborales equivale a 112.427 personas. Y el 3% que dijo hacerlo para estudiar, a 18.737. Por eso no es una cuestión menor la que apunta Mármora. A la vez, se sabe, que muchos de los que marcan el casillero «turismo» cuando salen del país viajan con la intención de instalarse en destinos como Estados Unidos o Europa con visa de turista.

Todo esto se da en el contexto de un 2021 atravesado por las restricciones aéreas y terrestres implementadas por el Gobierno nacional a raíz de la pandemia del coronavirus.

Con muchos años de experiencia en la docencia y en la gestión pública, ya que fue director de Migraciones y también del Indec en tiempos de Néstor Kirchner (de donde se fue por diferencias de criterio), Mármora está sorprendido «por la cantidad de jóvenes que se ha ido y se está yendo en un año tan complejo, muchas veces sacrificando cierto confort y, en otros casos, aceptando trabajos de menor valía que los que podrían tener en la Argentina. ¿A qué se debe el éxodo? El principal motivo es el desconcierto general y la falta de perspectivas a futuro que ofrece el país».

Argentinos que viajaron al exterior

Argentinos y extranjeros con documentación argentina que salieron del país.

De 80 años, Mármora hace hincapié «en la zozobra política y en la incertidumbre económica y social, sumada a la inseguridad personal y a la desesperanza por la falta de un futuro. Hoy la Argentina es de una inseguridad estructural en todo sentido,​ por eso no sorprende esos 100 ciudadanos que, en promedio, dejan el país cada día. Es tan doloroso como real, pero no se puede vivir con semejante nivel de imprevisibilidad, situación que lleva a tomar una decisión extrema».

Según los datos oficiales de Migraciones, los destinos por los que salieron del país por todo concepto este año son: Estados Unidos (153.253 personas), Chile (100.105), España (77.412), Uruguay (63.924) y en el quinto lugar asoma Paraguay, donde se produce un salto, ya que allí viajaron «sólo» 36.206. «Es llamativo también cómo se dio vuelta la tortilla, ya que a la Argentina venían los vecinos de la región, movimiento que se revirtió y hoy son más los argentinos que se van a los países limítrofes», analiza Mármora.

Alieto Guadagni, miembro de la Academia Nacional de Educación, afirma que «en los últimos diez años, en América Latina, progresaron todos los países menos dos: Venezuela y la Argentina. En esa década, el nivel de vida de los argentinos disminuyó un 16% (y el de Venezuela, 74%). Ningún otro país cayó de esta manera, con lo cual no es extraño que los países con más emigración en la región sean Venezuela y Argentina. Y no sorprende que un país que dejó de crecer, con 21 millones de pobres, también aumente la emigración. Ojo, Argentina no es un país pobre, sino empobrecido«.

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Doctor en Economía de la Universidad de Berkley, a Guadagni le parece hasta «lógico» que se vayan 100 personas por día «de Argentina, uno de los pocos casos dentro del capitalismo moderno que avanza para atrás. Por otra parte, los que emigran son los más educados y preparados, es difícil que se vaya alguien que no terminó la escuela secundaria. En consecuencia se produce un drenaje de capital muy grande, una triste y lamentable fuga de cerebros«.

Clarín se comunicó con UN DESA, el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que dio a conocer el reporte más reciente de emigración, que data de 2020, y que puntualiza que en el extranjero viven 1.076.148 argentinos (de los cuales 550.257 son mujeres). Dentro del mismo registro se estable que 284.921 (26.5%) se afincaron en España, 219.448 (20.4%) en Estados Unidos y 79.253 (7.3%) en Chile.

En primera persona

Hace un año y medio que Pablo Sebastián Palacios (34) vive en Alemania, adonde viajó con un plan previo y un objetivo definido: ejercer como enfermero y tener una mejor calidad de vida para él, su mujer Yessica Godoy (30), también enfermera, y para Sofía (3), la hija de ambos. Había que hacer un gran sacrificio al principio que no cualquiera está en condiciones de realizar. «Viajé solo y tenía que estar entre seis y ocho meses ajustando el idioma y trabajando como auxiliar de enfermero en una clínica hasta saltar de categoría y ahí sí reencontrarme con mi familia. Ufff, costó pero lo logramos».

Salteño, pero vecino de Morón durante doce años, Palacios tenía tres trabajos mientras vivía en Buenos Aires: enfermero en el Hospital Posadas, docente en la Escuela de Enfermería de La Matanza y ejercía 24 horas semanales en el Penal de Marcos Paz. «Había momentos que era tan enloquecedor el horario en uno y otro lugar que no sabía para dónde tenía que ir, necesitaba un GPS mental», dice entre risas desde Düren, la ciudad donde vive, que limita con Holanda y Bélgica.

ESPECIAL CLARÍN»La viveza criolla acá no funciona»: cómo es la adaptación de los argentinos que emigran a Estados Unidos.

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Navegando por Internet se cruzó con un anuncio que decía «se buscan licenciados en enfermería con experiencia, menores de 40 años, para trabajar en Alemania». Se quedó un instante perplejo Palacios, que tomó nota y esperó dos días antes de accionar. Quería procesar la idea y averiguar de qué se trataba. «Me contacté con la firma, les interesó mi perfil y pidieron entrevistarme. Fui sin decir nada en mi casa ni a mis contactos, pero me di cuenta de que era muy serio y con los plazos muy definidos. Me pidieron otra entrevista y esta vez sí se lo comenté a mi mujer así como al pasar, de manera desinteresada».

«¿Sabés? Hay una propuesta de trabajo en Alemania, pero no la voy a aceptar», le compartió a Yessica, su mujer, tanteándola. «¿Qué? ¿En Alemania? ¿Cómo que no la vas a aceptar? ¡Estás loco!». Y ahí empezó a elucubrar la firme posibilidad de la partida. «Tenía que rendir una serie de exámenes en alemán y para eso debía hacer un curso intensivo, por lo que no lo dudé y dejé uno de los trabajos para tener tiempo de estudiar«, repasa Palacios desde su casa de 120 metros cuadrados, con jardín y una sonrisa de par en par.

¿Por qué emigrar? «Porque ya no queríamos más esta vida sólo de esfuerzo, mala sangre y nada de gratificación, viviendo en una casa en una zona caliente, con cerco y portón electrificados y con temor al chumbo en la cabeza. Cuando fui papá hice un click. ¿Quiero esta vida para mi hija? Yo laburaba de día y de noche, y me alcanzaba hasta ahí. Lo hablamos en familia, priorizamos el futuro personal y educativo de Sofía y pusimos en marcha el plan. Tuve una tercera y última entrevista, les interesó mi perfil y me puse a estudiar duro y parejo».

En abril pasado Yessica y Sofía, después de casi un año de espera pudieron viajar a Alemania y reencontrarse con Pablo. «Recuerdo cuando me despedí de la gordita, la madrugada que me fui para Ezeiza, estaba dormidita, era mini, tenía un año y medio… y me encontré con una señorita que al principio le costó reconocerme a pesar de que hacíamos camarita todos los días. Pero no es lo mismo. El día que las fui a buscar al aeropuerto, Sofi vino a mi encuentro, se frenó y se me quedó mirando y yo esperando un abrazo que se hizo desear«.

«Si bien fue durísimo el tiempo sin verlas, la ventaja fue que pude establecerme en el trabajo en el hospital de la ciudad, lograr más fluidez con el idioma y alquilar una casa amplia. O sea que cuando ellas llegaron yo ya estaba instalado. Hoy Sofia va a un jardín de infantes y está súper adaptada y Yessica está a full con el alemán, y está expectante en conseguir un trabajo como enfermera».

En 18 meses la vida de Pablo y su familia dio un vuelco radical. Trabaja 7 horas por día, tiene dos francos semanales y a veces tres, un mes de vacaciones por año, gana 3.000 euros al mes y va en bicicleta –diez minutos desde su casa– hasta la clínica donde trabaja, cuando antes tenía una hora y media promedio desde su casa a los distintos empleos. «Nos cambió la vida, hoy tenemos sueños, objetivos posibles, como mudarnos a Berlín, adonde estuvimos hace unas semanas y nos fascinó. Acá funciona la meritocracia».

Oleada in-crescendo

La consultora Taquión Research Strategy hizo un relevamiento sobre 2.500 casos a nivel nacional cuyo tema de análisis era «el futuro». El estudio, que data de junio, arrojó como resultado que 6 de cada 10 argentinos se irían del país si pudieran hacerlo. A la hora de consultarlos sobre qué sienten de cara a lo que se viene, el 70,7% es pesimista: 49,5% expresó preocupación, el 11,3 miedo y el 9,9 desconfianza, aspectos que se centran «en la falta de oportunidades de desarrollo, acceso al trabajo y temor por la inseguridad».

En el mismo trabajo de Taquión se remarca que el 82 por ciento de los jóvenes de 25 años desea irse y el 72% de la franja que va de 26 a 38 años no ve su futuro en el país. No deja de sorprender que, también, lo quiera hacer el 57% de los que tienen 39 a 55 años y el 40 por ciento de los «baby boomers», aquellos que están arriba de los 56 años.

Argentinos en las redes1

Mercedes Camaño, argentina radicada en Madrid, al frente de Cruzar el Charco, agencia de asesoría migratoria, ratifica «el crecimiento exponencial de argentinos que viajaron y que quieren rumbear a España. Respecto de 2020 mi trabajo ha crecido un 150 por ciento en 2021, año en que se ha incrementado ampliamente el número de argentinos que se quieren venir, a los que podemos dividir en tres grandes grupos: estudiantes, inversores y emprendedores«, explica.

«En el primer grupo están los estudiantes que buscan hacer un intercambio con su universidad argentina, una vía legal accesible para poder poner un pie en España, sin necesitar papeles de nacionalidad. En el segundo cuatrimestre del 2021, unos 120 estudiantes nos contactaron para solicitar información acerca del visados de estudios, lo que significó un 40% más que el cuatrimestre anterior«, da cuenta Camaño.

En cuanto a los inversionistas, Camaño recibe «entre 2 y 3 consultas diarias de familias que quieren mover sus activos a la península ibérica. Personas que buscan potenciar su patrimonio con rentabilidad en moneda extranjera, buscando invertir su dinero en un país más estable y confiable. Por último estan los emprendedores, un segmento que mes a mes aumenta un 20% y permite creer en el sueño de gestar un proyecto en el exterior».

Del deseo a la realidad

Una historia como la de Pablo y Yessica, los enfermeros que se fueron a Alemania, es la que quieren escribir Nicolás Galdeano (46) y Lorena Bernat (45), tucumanos, que están atravesando el duro proceso de emigración. «Nos gustaría que este momento pase rápido pero el camino es lento, aunque venimos cumpliendo cada una de las etapas», dice esta pareja, padres de Tomás (12), que en agosto vendió la casa donde vivieron 7 años, «y después cama, mesas, sillas, heladera, vajilla y hace unos días el auto», describen.

La charla con Lorena y Nicolás fue el último fin de semana de septiembre. Hoy Nicolás se encuentra en Madrid, adonde viajó con sus padres, a empezar a echar raíces y planear el futuro. «La idea es que en noviembre o a más tardar en diciembre viajemos Tomy y yo», proyecta ella desde la casa de sus suegros. «Al principio la familia y los amigos no creen que te vas, y uno medio que tampoco… Hasta que vendés la casa, el auto y te van cayendo las fichas y aparecen un montón de sensaciones encontradas, temores, inseguridades, llantos».

En 2018 la familia viajó a Madrid y en un city-tour Lorena deslizó un inocente comentario: «Qué lindo sería vivir acá, ¿no?». La aprobación de Nicolás no se hizo esperar, pero con el tiempo esa sensación se evaporó. El 31 de diciembre de 2019 entraron ladrones a su casa y la desvalijaron. «Ahí nos convencimos de que no queríamos vivir más en Tucumán y volvió a surgir el sueño de Madrid. Pero como los dos teníamos trabajo, no nos mentalizamos», acota él.

Tomás (12), junto a sus padres Lorena Bernat (45) y  Nicolás Galdeano (46), preparan las valijas para irse a España.

Tomás (12), junto a sus padres Lorena Bernat (45) y Nicolás Galdeano (46), preparan las valijas para irse a España.

En marzo último, después de nueve años, a Lorena la echaron del instituto neurológico donde trabajaba y la familia retomó seriamente el plan de emigración. Semanas después del despido de su mujer, Nicolás presentó la renuncia en una multinacional en la que se desempeñaba en la parte comercial desde hacía quince años. Lo intentaron retener, le mejoraron la oferta salarial «pero no hubo caso, estábamos decididos a irnos, nos urgía otra vida. Sabemos que no tenemos veinte ni treinta años, pero sentimos que nuestra vida se nos escurre y vivir con miedo, encerrados, sin perspectivas de mejora no es lo que queremos para nuestros hijos, ni nosotros queremos envejecer así«.

Pese al agotamiento por la hiperactividad, los trámites y el estrés de los últimos dos meses, Lorena y Nicolás son una pareja sólida, que se casó hace algunas semanas para refrendar el amor y llegar a Europa con otro estatus. «Las primeras semanas estaré en casa de uno de mis hermanos, en Madrid, y si bien casi toda mi vida trabajé en relación de dependencia, ya estoy abocado a la búsqueda de un fondo de comercio y de un departamento para esperar a mi mujer y mi hijo», apunta Nicolás, desde España.

«Yo cuando llegue –cuenta Lorena algo angustiada por la partida de su marido– tendré que tramitar mi residencia, que puede llevar unos seis meses, que aprovecharé para acompañar a mi hijo en todo lo que sea necesario».

Las principales vacilaciones de Lorena y Nicolás pasaban porque cada uno tiene un hijo de una pareja anterior, de 23 y 25 años, «que en ambos casos nos dieron el espaldarazo necesario para darle rienda suelta a esta aventura, de la que siempre estuvimos convencidos más allá de los lógicos temores. No es sencillo el desarraigo, es triste, porque uno se va de un lugar insatisfecho, en busca de una supuesta seguridad», reflexiona ella.

El desarraigo

¿Es traumático emigrar? «Traumático sería de tratarse de una partida repentina, de lo contrario es estresante, esforzado, doloroso y conflictivo, más allá de que el desarraigo es parte de la cultura de nuestro país«, ilustra el psicólogo Miguel Espeche.

«Irse del propio país puede ser un proyecto o un impulso, sin embargo el dolor, la tristeza y la nostalgia aparecen con el tiempo y a miles de kilómetros de distancia cuando ya no tenemos esas cositas de la vida diaria que formaban parte de la identidad y ya quedaron lejos», agrega.

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Concluye Espeche que con la salida al exterior «hay una visión de horizonte amputado. Si bien no tenemos un número contundente que aclare el panorama de emigración, sí existe un microclima de éxodo masivo por las historias que uno va escuchando. Más allá de los beneficios del primer mundo, la mayoría de los que parten lo hace por una situación límite, lo que provoca una salida esperanzadora pero también amarga. Nunca es gratis irse, tampoco lo es quedarse. Si se trata de partir, es mejor irse de manera reflexiva, a tomar esa decisión enojado con la Argentina».

De La Matanza a Nueva York

Lorena Rodas, 43 años, trabajaba en un gabinete de estética que había instalado en su casa del Conurbano, en Gregorio de Laferrere, La Matanza. Su vida transcurría entre limpiezas de cutis y aplicaciones de electrodos, pero lo que generaba su negocio, sumado al sueldo de su marido Saúl (asistente de ventas en una fábrica de jugos), apenas le alcanzaba para vivir con sus tres hijos.

Harta de no poder llegar a fin de mes, en diciembre del año pasado vendió todo y se instaló en Queens, Nueva York, con su esposo y sus hijos menores (Sol, de 17, y Santino de 11) porque Facundo, de 23, se quedó en Buenos Aires para terminar la carrera de Educación Física. “Tomé la decisión porque me cansé”, dijo a esta corresponsal desde su nuevo hogar.

En realidad, Lorena maduraba esa posibilidad desde hace unos años porque en Estados Unidos viven tres de sus hermanos y ella ya había viajado varias veces, hasta dos al año. “Iba y venía, me hacía unos pesitos trabajando de moza y volvía a la Argentina”.

Lorena quería instalarse definitivamente con toda su familia. “El tema era que no tenía el apoyo de mi marido. Hasta que él también se cansó de la situación del país porque está todo muy tremendo”.

“Los dos trabajábamos y la plata nunca alcanzaba, esa es la verdad. Yo le tenía que comprar un par de zapatillas a mi hija y lo tenía que pensar dos veces. Siempre estábamos con lo justo. Nosotros somos de una clase media baja”, cuenta Lorena.

La inseguridad fue otro de los motivos que los llevaron a tomar la decisión. “Cuando era más chico, a mi hijo lo tiraron al piso y le gatillaron en la espalda, pero gracias a Dios el tiro no salió. Y una está con ese miedo siempre”, suspira.

Lorena Rodas, 43 años, y su hija Sol, de 17, en el avión rumbo a Nueva York.

Lorena Rodas, 43 años, y su hija Sol, de 17, en el avión rumbo a Nueva York.

Lorena recuerda con angustia lo que tenía que vivir todos los días. “Cuando llegábamos con el auto a mi casa yo tenía que bajar corriendo a abrir el portón y cerrarlo rápido para que no se metiera nadie. A las 8 de la noche ya no podía salir. Mi hija tenía todo el día el celular escondido por temor a que se lo roben. Eso no es vida. Yo acá estoy en la puerta, en la calle, con el celular a las 2 de la mañana. Acá estás tranquila, nadie te va a robar, nadie te va a hacer nada. Anoche volvía de trabajar a la 1 de la mañana y llegué lo más bien”.

La familia se instaló a mediados de diciembre del año pasado y al principio vivieron en la casa de la hermana. Ahora alquilan un departamento de dos dormitorios en Queens, por 1.700 dólares por mes. Tramitan la residencia a través de los hermanos que ya la tienen.

Lorena enseguida comenzó a trabajar en donde solía hacerlo: como moza en bodas de la comunidad judía. Pero, además, sumó otra actividad que comenzó con la hermana y ahora sigue sola, un servicio de peluquería canina.

No todo fue color de rosa porque hay que armarse de clientes, pero de a poquito pudimos. Cuando arrancábamos hacíamos tres perros por día”. Cobra 75 dólares por un servicio completo y unos 100 si es un animal grande.

El marido, consiguió trabajo en la construcción a los 15 días de haber llegado. “Fue fácil a pesar de que no tenía experiencia porque él había sido oficinista toda la vida, trabajó en una misma empresa por 20 años. Pero ahora tiene oportunidades de progresar”.

Manejarse con el idioma tampoco les resultó muy sencillo. El inglés es “very difficult”, dice entre risas Lorena, con el acento de Carlos Tévez. “Si hablan despacio, entiendo”, pero asegura que muy pronto va a tomar un curso para poder manejarse mejor.

Los chicos comenzaron la escuela pública, que tiene un sistema que les enseña gratis inglés a quienes lo necesitan. Pero a la hija adolescente le costó adaptarse: “Ella la pasó mal, tenía 17 años, con todas sus amistades allá. Me costó mucho. Ahora está super bien, pero llegó a tener ataques de pánico”.

Cree que mudarse valió la pena. “Me mataba laburando y nunca tenía un peso. En cambio, acá tengo ganas de ir a comer afuera y vamos sin problema. No te digo que nos re-sobra, pero vivimos mucho mejor que allá. Acá podemos progresar. Yo ahora le puedo mandar dinero a mi hijo a la Argentina. También ayudo a mi papá que vive en Paraguay. No gano una fortuna, pero puedo ayudarlos con lo que tengo. Viviendo en la Argentina no podía ayudar a mi papá”.

Cuando se le pregunta si alguna vez volvería a la Argentina, Lorena es enfática: “Me veo volviendo, pero de paseo”. “Yo amo a mi país, extraño a mi país. Extraño esas juntadas que hacíamos con los amigos, tomarse una cerveza, juntarse a comer un asado con mi hermana, eso se extraña y lo tengo presente en mi corazón, pero es feo vivir con miedo y sin poder progresar”.

La «pequeña argentina»

Luz Hamparsonian es asesora para inversionistas argentinos. Está instalada en Valencia«la pequeña Argentina», como se la apoda a la tercera ciudad española.

«Desde mediados de 2020 la presencia de compatriotas es tan notoria que ya dejó de sorprender. ¿Por qué eligen Valencia? Porque hay más posibilidades que en Madrid y Barcelona, adonde va la mayoría, porque no es caótica aunque tiene las prestaciones de una ciudad, por su ubicación estratégica, porque tiene aeropuerto internacional, porque tiene mar y porque el costo de vida es más bajo«.

En lo que a su trabajo respecta, «desde abril pasado hasta septiembre logré traer a 45 familias, muchas de ellas de cinco y seis integrantes, a las que tuve que buscarles un lugar dónde vivir», cuenta la creadora de Conexión Valencia, que brinda también asesoramiento migratorio.

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«De arranque hay que pagar un año de alquiler entero, porque para España si no trabajás no sos solvente, por lo tanto no se te alquila salvo que pagues doce meses de un tirón. Aquí un piso de tres habitaciones cuesta unos 600/700 euros contra 1.000 en Madrid o Barcelona. ¿Cuánto sale comprar? Un piso de 60 metros cuadrados en un buen barrio está alrededor de 75 mil euros«.

Desde Milán (Italia), Javier Blassiotto, abogado argentino, también dedicado a la gestoría de ciudadanías, grafica la inquietud que le llega desde nuestro país. «Me llueven mensajes haciéndome todo tipo de preguntas sobre cómo es vivir en Italia, qué tipo de papeles se necesitan, pero todo es con un apuro y una urgencia que me sorprende. Lo que percibo es una desesperación por irse como si la Argentina fuera Afganistán«.

Franco, de «CiudadaníasYa», dice que el Instagram de su empresa «está que arde», ilustra. «Lo que notamos con el grupo de trabajo es que en estos tres años haciendo ciudadanías para Italia y España, este 2021 estalló una urgencia por irse que no nos había ocurrido antes. Entre abril de 2020 y abril de 2021 se incrementó por diez el pedido de solicitudes para la ciudadanía italiana: de 1.000 saltó a 10.000″.

Refiere Franco que «hay familias enteras con hijos menores que quieren vender todo para irse, intuyo que cuando vuelva la normalidad se vendrá un éxodo masivo«.

Con los ojos cerrados

Artés es un pueblo catalán, a 80 kilómetros de Barcelona, que cuenta con un castillo en ruinas y un solo semáforo. Aquí viven 5.000 vecinos que, desde hace unas semanas, tienen uno nuevo: es Mariano López, un porteño de Villa Luro, de 56 años, que acaba de comprar el taller metalúrgico del pueblo a sus dueños, un matrimonio de Artés a punto de jubilarse.

Como en una cita a ciegas, Mariano compró, desde Buenos Aires, el taller en el que hoy hace rejas, puertas, portones y persianas para negocios sin haber puesto un pie allí, sin saber cómo era, sin recorrerlo, sin haberles visto ni siquiera la cara a los antiguos empleados que hoy trabajan para él.

“Tenía claro que me quería ir del país. Esta vez dije: ‘Basta. El ahorro lo pongo en otro lado’. No lo quería poner en la Argentina, pero el Covid me complicó todo. Pensaba venir a España a hacer la operación pero tuve que cambiar el pasaje siete veces por la pandemia. Terminé comprando la empresa a través de un poder que le hice al que hoy es mi socio”, cuenta Mariano a Clarín.

“A principios de 2020 viajé a visitar a un amigo que vive en París y él, que sabía que yo andaba con ganas de irme de Argentina, me comentó que hay empresas que se venden a un costo bastante accesible porque son traspasos por jubilación, es decir, compañías en las que el dueño se está por jubilar y no tiene descendencia o no tiene a quién dejársela”, explica.

Durante los últimos 11 años, Mariano trabajó en una planta industrial en Dock Sud. Fue encargado de una parte de la empresa y luego lo nombraron director de la metalúrgica.

“Pero me cansé de dar un pasito para adelante y cuatro pasitos para atrás. De tener un ahorro y, al año siguiente, tener que bancarme con ese ahorro porque el sueldo no me alcanzaba”, dice Mariano, que está divorciado y se mudó a España con su hijo Tomás, de 21, que se acaba de inscribir en la Universidad de Vic, a media hora en auto desde Artés.

Mariano López (56) compró un taller en un pueblo catalán sin conocerlo.

Mariano López (56) compró un taller en un pueblo catalán sin conocerlo.

“En Buenos Aires quedó Pilar, mi hija mayor. Es duro desde el punto de vista sentimental, porque me reunía con ella y con Tomás todas las semanas, pero estaba cansado de la Argentina, de la inflación, de los vaivenes. En Artés me encontré con una calidad de vida mucho mejor”, agrega.

“Todavía estoy yendo y viniendo por los documentos que aún me faltan. No te das cuenta lo mal que estás viviendo hasta que tenés la posibilidad de ver y vivir otra realidad -dice-. Acá hay gente que pide por la calle, en Barcelona también. Pero en Buenos Aires la gente está demolida.” Para poder viajar a España, donde no está aceptada la Sputnik V, primero se fue a vacunar contra el coronavirus a Miami.

“Tuve muchos emprendimientos, hice muchas cosas. Quería volver a trabajar por cuenta propia. Además, en el último tiempo estaba viviendo en el Centro, en México y Entre Ríos. Me llevó cuatro veces el auto la grúa y para cualquier cosa tenía que meter el coche en el estacionamiento. La noche era bastante complicada”, repasa Mariano sus días en Buenos Aires.

A pesar de ser un “López” nieto de españoles, Mariano no tiene doble ciudadanía ni pasaporte europeo.

“Hay visas para emprendedores, a las que aplican los que tienen proyectos innovadores y de interés público. Después hay otras de inversionista, en las que hay que invertir un mínimo de 500 mil euros -enumera-. Otra opción es la visa de inversionista inmobiliario, donde la inversión tiene que ser de dos millones. Ninguna me cuadraba.”

Contrató, entonces, a un especialista español en extranjería que le está tramitando una visa para quienes se instalan con un emprendimiento por cuenta propia: “Ahí depende de la aceptación de la comunidad autonómica o de la provincia donde te vas a instalar”, aclara.

“Para la parte técnica no tengo problemas porque los fierros son iguales en todas parte del mundo -bromea Mariano-. Y cuando decidí venir a vivir a Artés, me gustaba la posibilidad que fuera un pueblo chico. Ser el taller del pueblo o uno de los dos o tres que pueda haber. Prefería ser cabeza de ratón y no cola de león.”

Colaboraron Paula Lugones (corresponsal en Washington) y Marina Artusa (corresponsal en Madrid).

MG

Fuente: Diario Clarin