OPINIÓN EDITORIAL PRESTADA Los derechos humanos selectivos y el crimen contra Lucio Dupuy

Lo ocurrido con el nene asesinado por su madre y su pareja, es el corazón del horror.

OPINIÓN: Lo ocurrido con el nene asesinado por su madre y su pareja, es el corazón del horror.

Por MWinazki

El abuelo de Lucio Dupuy, Ramón, afirma que ningún organismo vinculado a los derechos humanos ha llamado a su familia en lágrimas desde que la madre de Lucio, y su pareja, asesinaron al chico. Lo vejaban, lo violaban, le quebraban los huesos y lo mataron.

Según Ramón, no recibieron ningún mensaje. Tampoco del Gobierno.

¿Por qué no los llamaron?

¿Por qué no los acompañaron?

¿Hay derechos humanos selectivos?

El feminismo es una causa noble. El feminismo radicalizado, como todo extremismo, es una patología beligerante.

Hay miedo social a criticar esas posiciones ultras.

Predomina el silencio.

Con miedo no se construye nada.

La Justicia se yergue cuando el miedo cede ante el imperativo de dictaminar como se debe.

Una jueza, según la familia Dupuy, entregó la tenencia de Lucio a su madre, sin hacer las debidas averiguaciones.

Si hubiera indagado lo que esa mujer hacía con su hijo, Lucio quizás estaría vivo.

Pero no lo hizo.

Es obvio,la Justicia se vuelve profundamente injusta cuando teme, cuando se corrompe o cuando simplemente se deja llevar por presiones tácitas o explícitas de sectores de la opinión pública que ahogan a la ley.

El 2 de febrero se conocerá el veredicto de la Justicia respecto de la filicida y de su pareja.

Lo ocurrido es el corazón del horror.

Y el miedo se ahonda entonces.

Los niños maltratados, abusados, e incluso asesinados, son más de los que se conocen.

¿Los organismos oficiales que deben defender a los menores, los están defendiendo como corresponde o se hunden en la baja política?. Pareciera a veces, muchas veces, que todo queda olvidado en la lógica de lo peor, propiciando lo irreparable y el dolor mudo que no encuentra oídos para su voz que no se escucha.

No se percibe ningún auxilio a la vista.

Lucio, de todos modos, ya no puede ser auxiliado. Lo trágico se repite cuando se amordaza el grito de los muertos.

El miedo configura ese entorno amenazador que conocemos. Por temor a ser vituperados son muchos los que no levantan la voz frente al autoritarismo de un terrorífico progresismo camuflado y con la armadura que le otorga el miedo a denunciar sus falsedades.

Florencia Magalí Morales, liquidada en un calabozo de San Luis durante la pandemia, grita su muerte y desde su muerte, pero nadie acude a acompañar a sus deudos.

Solange Muse no pudo ver a su padre, Pablo, porque los guardias fronterizos se lo impidieron. Y murió sola.

Abigail Jiménez, con cáncer y 12 años, tuvo que afrontar la intransigencia letal que le impedía ingresar en auto con sus padres a Santiago del Estero desde Tucumán, y su papá debió llevarla en brazos por el camino, y la niña lloraba.

Y poco después fallecía.

Y así, tantísimos casos de soledad milenaria y desamparo total.

Hay una historia heroica de la lucha por los Derechos Humanos en la Argentina, y hay también una profanación de esa lucha.

Hubo corrupciones y malversaciones de las causas más nobles, y luego hubo y hay un litigio contra la verdad.

El silencio orgánico de diversos militantes ideologizados pero no realmente comprometidos, ignora los hechos y oculta la sangre derramada, y crecen los velos que ocultan las verdad y extienden las agonías y las muertes.

Hay una ruptura inhumana, un abismo que se puede verificar con el silencio frente al filicidio de Lucio, así como en cierto esbozo de defensa de los matadores de Fernando Báez Sosa que esbozaron ciertos comunicadores.

El terror tiene muchos rostros. La Argentina padeció a granel ante el terror desplegado por quienes se arrogaron el derecho de matar en ilegítima representación de toda la sociedad, y por las atrocidades del terrorismo de Estado.

Pero luego el terror se ha capilarizado en el crimen privado, en la inseguridad y en la impunidad de manos mortales que cuentan con el manto que las encubre, el manto de las complicidades por omisión de denuncia pública, o por indolencia de un funcionariado más afín a la retórica hueca que a las acciones concretas.

El sacrificio de los niños masacrados como Lucio, brota de los impulsos más perversos de lo humano. Las perversiones se amplían en espiral por conveniencia de cínicos actores que se visten de justicieros y que operan por sesgados intereses pseudo políticos. Ese mutismo de los organismos que supuestamente trabajan en favor de las víctimas pero perpetran lo contrario, azuza a los victimarios.

Y así, los inocentes pagan con su sangre.

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