Murió Hebe de Bonafini: la dualidad de una mujer que representó dos Argentinas muy distintas

A lo largo de su vida, tuvo la valentía de enfrentar los palazos policiales, pero luego viró a una macabra sumisión a la política más rapaz.

Yo vi a Hebe de Bonafini, quien falleció este domingo a los 93 años, cruzando entre palazos de los policías montados, que le pegaban y que la insultaban. Le pegaban horriblemente desde sus caballos, y la vi a a ella, gritar “Vamos carajo”, y atravesarlos, romper esa barrera de palazos inconcebibles pero reales, y llegar a Plaza de Mayo y plantarse el pañuelo en la cabeza y encabezar la ronda contra todas las aberraciones y contra el bestialismo que no la detuvo.

Pero, todos lo sabemos, aquella bravura giró y viró hacia una dramaturgia que nos hace llorar: esa macabra sumisión a la política más rapaz, ese delirante regocijo que explicó ante la muerte de miles de personas en el ataque a las Torres Gemelas, esa complicidad e incluso, su coparticipación tan desdichada en la misma corrupción.

Renegando de la democracia, hay que decirlo, duele expresarlo, representó esa dualidad en una misma persona, heroína de corazón tan valiente como nadie, Madre horadada por la mayor de las tragedias que una madre puede atravesar, se volvió contra sí misma. Lo escribo con respeto, o tal vez con la ligereza de quien juzga a una persona muerta sin terminar de comprender los arduos meandros de la condición humana, que en una misma vida conjuga lo mejor y lo peor.

Encarnó lo macabro y la impiedad manifiesta con sus aplausos a las peores autocracias del planeta, con su innecesaria violencia verbal, con su exacerbación de la militancia en su fase rampante, con las garras de su lengua extendidas para arañar la democracia, que paradoja argentina tan dramática, ella misma ayudó a construir con su coraje.

Ya no está, pero está en su dualidad, y en la historia para siempre.

Hebe de Bonafini ha muerto y ahora nos toca elegir por qué senda seguimos nosotros. Qué camino tomamos, el de su pañuelo blanco de entonces, o el de su viperina exaltación de la maldad política.

Hay dos Argentinas, Hebe tuya es la una y la otra.

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