La increíble historia del hombre que vendió dos veces la Torre Eiffel

El conde Víctor Lustig se paró delante de una gran puerta de doble hoja custodiada por un hombre tan alto como robusto, de nariz achatada. El guardia la abrió de par en par y se hizo a un costado. El conde se quitó el sombrero de ala ancha y avanzó. Llevaba un traje beige oscuro, corbata al tono y camisa de seda grabada.

No era muy alto, tenía los ojos vivarachos, el cabello cortado al estilo militar y una cicatriz desde el extremo del ojo izquierdo que descendía hasta el lóbulo de la oreja. Su anfitrión estaba sentado en un sillón que parecía un trono, situado en una esquina de la habitación, al lado de un alto velador.

No pronunció palabra, sólo fumaba un cigarro interminable. El también tenía una cicatriz en la cara. Miró a Víctor directo a los ojos y el conde tragó saliva. El anfitrión era Al Capone. El nombre de Lustig había llegado a Capone por boca de algunos capitalistas de juego de Chicago. Le dijeron que el conde era un hábil inversionista y que tal vez valdría la pena recibirlo unos minutos.

Capone se sintió atraído por los modales y el lenguaje de noble europeo de Víctor, pero especialmente por la propuesta que traía: una operación bursátil que, según prometía, en 60 días haría duplicar la inversión.

Al se levantó, caminó hacia un armario, sacó unos fajos de billetes y se plantó frente al conde, que permanecía de pie.

Al Capone y su abogado al salir de los tribunales de Chicago en 1931

–Aquí hay 50 de los grandes –le dijo–. Son todos mis ahorros. Espero que tengan familia, ¿capisci?…

–Jawohl, mister Capone. Avranno figli maschi (Sí, señor Capone. Tendrán hijos varones) –contestó Lustig–, mezclando alemán, inglés e italiano.

Víctor Lustig nació en 1890 en la región del imperio austrohúngaro que luego se convertiría en Checoslovaquia. Hablaba cinco idiomas y poseía una vasta cultura general.

Temerario y desvergonzado, siempre fue enemigo de la violencia, sobre todo después de aquel incidente de los 19 años, cuando en Austria conoció a una dama muy gentil. El marido de la señora le cortó la cara con un estilete.

Había adquirido un profundo conocimiento del espíritu humano y una habilidad extraordinaria para representar cualquier papel (llegó a tener 25 identidades) y ganarse la confianza de los demás, sea quien fuese. Reconoció un maestro, Julius Wilford Arndstein, apellido que se cambió más tarde por “Arnstein”, uno de los más famosos jugadores profesionales del siglo XX, experto en fraudes y engaños. Con él desarrolló su talento para el bridge, el póker y el billar, viajó por los siete mares en lujosos cruceros, esquilmando a nobles y potentados en las mesas de juego.

Arnstein fue el segundo marido de la famosa cantante, modelo y actriz Fanny Brice, con quien se casó en 1918 (Brice fue interpretada en Broadway por Barbra Streisand en el musical de 1964 Funny Girl ; Streisand también protagonizó su adaptación cinematográfica de 1968, por la que ganó un Oscar, y en la secuela de 1975, Funny Lady).

En mayo de 1925, el conde, como le gustaba presentarse, se hospedaba en una habitación del lujoso hotel Crillón de París. Estaba en uno de los salones junto a su amigo Daper Dan Collins, otro timador, bebiendo un aperitivo y leyendo el diario cuando se detuvo en una pequeña noticia: la Torre Eiffel, construida en 1889, necesitaba urgentes reparaciones pero el costo era tan alto que, especulaba el artículo, quizás sería más barato tirarla abajo. Soltó el periódico de golpe y se incorporó. “¡Eso es!”, le dijo al asombrado Collins.

Contrató a un falsificador y se hizo hacer sellos y papelería del gobierno. Obtuvo los nombres de los chatarreros más importantes de París y eligió a cinco. Les envió una carta con membrete oficial otorgándoles una cita en el Crillón para un contrato con el gobierno y firmó como subdirector general del Ministére de Postes et Telégraphes

Hizo preparar una sala especial en el Crillón y recibió a los interesados, a quienes agasajó a cuerpo de rey. Víctor les explicó que mantener la Torre Eiffel era imposible para el gobierno y que se había decidido venderla. El comprador debía tirarla abajo y disponer de las 7.000 toneladas de chatarra. El negocio sería para el que hiciese la mejor oferta. Subrayó que esta decisión era, por el momento, confidencial y que apelaba a la responsabilidad de los postulantes para mantenerla en secreto.

Se temía que el público protestara por la desaparición de uno de sus orgullos nacionales: con sus 300 metros, la torre era por entonces la construcción más alta del mundo. Los chatarreros hicieron sus ofertas cuatro días después. Lustig no eligió al que había hecho la más alta sino al que creyó más vulnerable, André Poisson.

Al Capone, una de las víctimas de las estafas de Lustig (imagen archivo)

Víctor sabía todo de él. Que era ambicioso y que tenía un agujero financiero. El negocio de la Torre Eiffel le vendría como anillo al dedo. Además, le permitiría seguir manteniendo la costosa relación con Lorelee, una corista de 20 años. El conde le comunicó a Poisson que tenía las mayores posibilidades de ganar la licitación, pero había un problemita. Entonces le habló de lo difícil que era la vida de un funcionario y que la carga de decidir quién haría tratos con el Estado no se veía compensada económicamente.

Poisson entendió al instante. Era lo habitual en este tipo de negocios. A las pocas horas, pagó personalmente a Víctor una suculenta coima, cuyo monto jamás se conoció. El conde abandonó París rumbo a Austria. Cuando Poisson se dio cuenta de la artimaña, avergonzado, prefirió no hacer ninguna denuncia.

Después de cuatro meses, Víctor se sintió seguro y regresó a París. Volvió a citar a otros chatarreros, repitió todos los pasos y vendió la torre por segunda vez. Recibió otro millonario soborno pero ahora, al descubrirse el fraude, sí hubo denuncia y el conde huyó hacia los Estados Unidos. “No entiendo a la gente honesta. Llevan vidas vacías, llenas de aburrimiento”, solía comentar. En los Estados Unidos se aclimató enseguida: en 1926 ganó casi 200.000 dólares vendiendo a empresarios una cajita para fabricar billetes. Otro fraude.

El riesgo lo hacía sentir bien y en Chicago lo experimentó al máximo con Al Capone. Víctor había recibido 50.000 dólares del gángster para que los duplicara en la bolsa de valores. Pero, en cambio, los puso en una caja de seguridad. A los dos meses se volvieron a encontrar. El conde se disculpó amargamente por el fracaso de su operación bursátil. Dijo que había perdido el dinero de Capone y también el suyo Estaba quebrado.

La reunión se realizó en el mismo lugar que la primera, una habitación del Hotel Lexington. Capone miraba para cualquier lado y se iba poniendo morado. Empezó a hablar de las diferentes formas de torturar a un hombre, del tiempo que tardaba la víctima en morir según la habilidad del verdugo para prolongarle la agonía. Víctor lo interrumpió.

–Mister Capone, usted ha tenido confianza en mí y yo lo defraudé. No soy un miserable y le voy a devolver su dinero. Si uno de sus hombres me acompaña al banco, retiraré dinero de mi caja de seguridad para usted. Al rato el conde le devolvió el dinero, sin que Capone supiera que eran sus propios 50.000 dólares. Víctor, antes de irse, repitió con tono de velorio que ahora sí estaba arruinado. Capone separó 5.000 dólares y se los dio como una “ayuda”. La estafa consistía precisamente en eso: Víctor nunca estuvo detrás de los 50.000 dólares, sino de la “ayuda” que, estaba seguro, le daría Capone cuando él representase su papel de víctima.

La imagen de Lustig tras su detención.

Lustig fue apresado en 1934 por falsificar 134 millones de dólares. Le dieron 20 años y lo enviaron a la isla-prisión de Alcatraz. Ahí se volvió a encontrar con Capone, ya condenado por evadir impuestos. No hubo resentimientos.

– Debiste haber sido mi abogado –le soltó Capone.

– No, en realidad, debí haber sido tu contador –respondió el conde.

Lustig contrajo neumonía y pidió más se cincuenta veces que lo viera el médico de la prisión. Nadie le creyó. Los médicos decían que tenía apenas un resfrío. Tanto insistió que finalmente lo revisaron concienzudamente. Tenìa una neumonía muy avanzada. Víctor murió en Alcatraz el 9 de marzo de 1947, a los 57 años. Cuando llenaron su ficha el guardia se detuvo en un casillero, el de ocupación. Dubitativo puso: “aprendiz de vendedor”.